El té blanco es un té refinado, de copa pálida, gusto suave y aromas sutiles y florales. Se caracteriza porque para elaborarlo solo se recogen las partes más tiernas de la planta, esto es: la yema y como mucho las hojas más jóvenes apenas abiertas. Originalmente, solo las blanquecinas yemas de textura aterciopelada se seleccionaban para un té que se dedicaba al consumo de la familia real china: era el “té de los emperadores”. Hoy día el té blanco sigue siendo un producto exclusivo, con variedades de té blanco puro que pueden llegar a costar una fortuna. Pero poco a poco fue creciendo la demanda, su cultivo se extendió incluso fuera de China y salieron variedades que, además de las yemas, signo de calidad, incluían las primeras hojas. De entre estas la White Peony o Pai mu tan es la más conocida en Occidente.

La otra característica del té blanco es la casi ausencia de procesamiento: tan pronto como se recogen las hojas se dejan marchitar ligeramente para luego secarlas al sol para detener su oxidación. Se trata pues de un té sin oxidar ni enrollar y que tampoco se somete a las altas temperaturas del té verde.

A diferentes tés, diferentes maneras de prepararlo. En el caso del té blanco, se recomiendan temperaturas de entre 60 y 80 grados y tiempos de infusión de entre 1 a 5 minutos, aunque los hay que se llegan a infusionar hasta 8 o 10 minutos dependiendo de la variedad y nuestras preferencias. Como regla general, a mayor temperatura, menor tiempo de infusión.

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